Después de 28 años de no vivir allí, la periodista Marta Ruiz decidió volver al barrio en el que creció en Medellín y recorrer las calles de su infancia, las mismas que hoy están en el corazón de una de las zonas más violentas de Colombia. El mejor reportero gráfico del país, Jesús Abad Colorado, quien también creció en la Comuna 13 y que ha retratado desde siempre la violencia del lugar, hizo con ella el recorrido.
“Cuenta por favor que algún día este fue un barrio burgués”, me dice Mónica Builes el día que regreso a San Javier, mi viejo barrio de juventud, que hoy se ha convertido en el corazón de la convulsionada Comuna 13. Está sentada en el balcón de su casa. Las paredes ajadas dan testimonio del tiempo que ha pasado. En una vieja vidriera permanecen atrapados por el polvo un juego de vasos y una botellita para el licor, que se niegan a perder ese aire de clase media que un día tuvieron.
Han pasado 28 años desde que salí del barrio, llorando a mares, porque mi familia se trasladaba a otro sitio, y yo sentía que me estaban arrancando del paraíso.
San Javier no era un barrio burgués. Era un barrio de clase media trabajadora, y, durante años, el secreto mejor guardado de Medellín. Enclavado en un rincón del occidente de la ciudad, era el último lugar plano antes de las elevadas lomas que marcaban la frontera con la Carretera al Mar. Hasta mediados del siglo XX se trataba de fincas enormes que en cuestión de un par de décadas se convirtieron en casas grandes, de dos pisos, antejardines y terrazas, alrededor de una iglesia y una zona deportiva muy concurrida. A finales de los años setenta, cuando llegamos a vivir allí, todavía se podía comprar leche postrera por las mañanas con solo ir a la casa de Luis Concho, quien en un ya limitado potrero, ordeñaba a un par de vacas. “Era poesía pura”, recuerda Juan Zapata, un empresario de las artes gráficas que emigró del barrio hace tres décadas, pero que recuerda como lo mejor de su vida los momentos vividos allí.
Subiendo por la calle San Juan uno adivinaba el barrio por la hilera de árboles olorosos que se mecían sobre el asfalto y dejaban un tapiz de hojas verdes. Cadmios, pimientos rosados, guayacanes amarillos, algarrobos, laureles frondosos y cauchos donde anidaban calandrias y azulejos, sirirís y cucaracheros. Una brisa fresca recorre todavía el barrio y el olor dulzón de la naturaleza se exacerba con la lluvia de estos días de invierno. ¿Dónde están las calles apacibles de mi memoria? Si lo que se abre a mi paso en este primer día del regreso es una caótica zona comercial, atiborrada de neones y ventas callejeras, en cuyo centro una estación del Metro se impone como un latigazo.
Tres décadas atrás, solo había dos escuelas de primaria en muchos kilómetros a la redonda: la Pío XII, de varones, y la Monseñor Perdomo, de niñas, ambas al lado de la quebrada La Hueso, que atraviesa casi toda la Comuna 13. Cuando llovía con fuerza la quebrada se desbordaba y teníamos que evacuar la escuela. De repente se oía el grito “La Hueso se arrastró a un niño” y, en realidad, muchos pequeños murieron en borrascas cuando se asomaban curiosos a ver las aguas raudas, que en ocasiones arrastraban algunos corotos de las familias más pobres que habían ido poblando los cerros alrededor del barrio.
La quebrada era un sitio para las aventuras. Se pescaban pequeños batracios y abundaban las lagartijas que los muchachos ponían a competir chuzándoles la cola. “Que ya casi van a canalizar La Hueso”, se decía en aquel entonces. Pero desde el balcón de Mónica veo la misma quebrada de grandes rocas y aguas un poco más turbias. “Allá, en esa piedra —me señala ella— fue donde encontraron a Santiago”. Es la última de la ya larga lista de muertes de la gente de nuestra generación. Según se cuenta en el barrio, se había dedicado a beber en los últimos años. Tanto que ahora solo tomaba Niquelao, un chirrinche local que se consigue a 1500 pesos la botella. Lo mataron a golpes y lo tiraron a la quebrada, apenas a unos cuantos metros de su casa. Se cree que fueron los miembros de una de las dos bandas que tienen atenazado el barrio. Luego los parientes tuvieron que huir porque las bandas siguieron al acecho y pretendieron reclutar a uno de los jóvenes de la familia. Como si fuera un sino trágico, el apartamento de Santiago se incendió en enero. Todos en Medellín lo vieron por la televisión hecho carboncillo ya que allí vivía Fabio Restrepo, un célebre actor del barrio que se hizo famoso en la película Sumas y restas, de Víctor Gaviria, y como Marcial en Sin tetas no hay paraíso.
La cancha y el parque, y el puente que los dividía, eran los lugares preferidos de las galladas: la de los Chicos Malos, que eran futbolistas y un poco mayores, y la del Parque, considerados los “sardinos”. Claro que a lo largo del barrio había otras como La Chusma, Los Pispos y La Empanadería, por mencionar apenas algunas.
De todas, me interesa la del Parque, porque era la mía. Todas las tardes, el parque se llenaba de muchachos que jugaban baloncesto y de niños que subían y bajaban en los “mataculines” bajo la estricta vigilancia de Tabares, un policía de bolillo. En la estación de Policía permanecían dos o tres agentes cuya principal función era castigar a los muchachos que durante el juego se ensartaban en peleas. Con frecuencia, los belicosos terminaban barriendo el parque o haciendo 200 flexiones vigiladas por los ‘tombos’. Eran tiempos en los que se respetaba a los agentes, así fueran de bolillo.
En las tardes, el parque de repente se inundaba de muchachitas vestidas de blanco: las ‘lolitas’, como nos decían a las estudiantes del Lola González, único colegio femenino de secundaria que había en toda la comuna. Tan precario era, que solo había hasta cuarto de bachillerato y no tenía local. Era uno de los pocos colegios en la ciudad que funcionaban en garajes o en casas donde la sala era un curso, el comedor otro, las habitaciones otro, y así sucesivamente. Se estudiaba con el ruido de los carros en la oreja, y de vez en cuando se armaba el alboroto porque ‘Gloria’, una mujer loca que solía salir desnuda a la calle, pasaba tirando piedras y palos contra todo lo que encontraba. Entonces nos tocaba cerrar las puertas de los garajes y esperar a que la pobre demente buscara otro blanco. El recreo de las ‘lolitas’ era en la calle y la clase de educación física, en el Parque.
Nuestra maestra de Gimnasia, una vez llegábamos allí, se montaba a un misterioso carro y nos dejaba jugar a la buena de Dios. Se llamaba Lucrecia Gaviria, y recuerdo que era una gordita que a todas luces jamás había hecho una flexión en su vida y cuyo rostro siempre reflejaba gran amargura. Años después supimos que se trataba de ‘la Bruja’, el personaje que según Germán Castro Caycedo era una reconocida pitonisa en el mundo de políticos y traquetos que desde entonces ya dormían en la misma cama.
Entre partidas de baloncesto se creó la gallada. Éramos 32 muchachos y muchachas sentados en una esquina, tarde y noche. Nos criamos un poco silvestres, en la calles, aprendiendo prácticamente solos a diferenciar el bien y el mal y a navegar entre las aguas de lo que ya se anunciaba como turbulento futuro. La palabra ‘discoteca’ no figuraba en nuestro lenguaje, no solo porque éramos menores de edad, sino porque a nadie se le hubiera ocurrido salir del barrio a nada. Pero hacíamos bailes memorables, animados con tocadiscos con música de Los Blanco, la Billos de Venezuela, Fruko y sus Tesos y el infaltable Orlando Contreras, que nos abrió desde muy temprano las puertas del despecho. Las navidades eran de antología, porque solíamos hacer las famosas natilladas (natilla que se bate en la calle) y marranadas. Comprábamos un cerdo de regular tamaño y se mataba y quemaba en plena calle. Hace muy poco tiempo, durante la alcaldía de Sergio Fajardo, se prohibió esta práctica por razones de higiene, lo cual todavía produce nostalgia en muchos barrios. También solíamos ir a fincas los fines de semana. Incluso hasta hicimos un gran paseo, en bus alquilado, a Coveñas. Es quizá la última vez que estuvimos todos juntos, porque después los caminos de la vida de cada uno tendrían bifurcaciones.
La fiesta inolvidable de nuestra juventud fue, sin duda, la de los 15 años de la que entonces era mi mejor amiga y que llamaré simplemente L. Nadie ignoraba en el barrio que su mamá estaba metida en la mafia. Pero a nadie parecía importarle. La fastuosa celebración en el Hotel Nutibara, con mariachis y whisky sin límites, duró hasta la madrugada. L. lo tenía todo: viajes a Miami, fincas, carros, ropa de marca, en un barrio donde nadie tenía dinero. Curiosamente, ella despreciaba todas esas cosas y solo le interesaba la gallada porque necesitaba compañía. Su mamá siempre estaba en Miami y cuando venía al país vivía en el mundo sórdido de la droga. L. pedía afecto y compañía a gritos.
La he buscado para esta historia y la encuentro de nuevo en Medellín, en un sector no muy lejano a San Javier. Me cuenta que jamás volvió al barrio desde que, a principios de los noventa, la hirió una bala perdida durante una masacre que hubo en una charcutería a la que ella había entrado por casualidad, sin saber que era una plaza de vicio. Poco después de eso, su vida dio un vuelco total. Un día su mamá llegó y le pidió que entregara todo lo que tenían, especialmente las propiedades. “Eran deudas, supongo que con la gente que ella trabajaba”, dice L. De la noche a la mañana, madre e hija estaban en la ruina. Su mamá se fue a reconstruir su fortuna a Estados Unidos, haciendo lo único que sabía hacer. Pero le esperaban diez años de cárcel en una aislada y fría prisión. Mientras tanto, L. tuvo que sobrevivir como cualquier persona, en trabajos que fueron desde oficinista hasta conductora de carro. “Jamás he sentido que me hiciera falta ese dinero”, me dice ahora que intenta sobrevivir con una pequeña empresa, y que ha logrado educar a sus dos hijos. Me conmueve profundamente pensar que hay gente capaz de enderezar su destino de esta manera.
Y es que el narcotráfico, desde entonces, ya acechaba al barrio por todos sus costados. Dos cuadras abajo, en un amplio lote, había una caballeriza donde se cuidaban y exhibían caballos de paso. Los miembros del cartel de Medellín eran asiduos visitantes, y más de uno de los muchachos de mi barrio terminaron enlazados con esa marejada de maldad y violencia. Pero más cerca de nosotros aún, el narcotráfico se nos había metido en la vida de la gallada. Primero, en el consumo de droga. Cuando la inofensiva marihuana dejó de bastarles, muchos comenzaron a consumir pepas. Especialmente drogas psiquiátricas como el Rorer 714; el cacao sabanero, que extraían del borrachero, y, por supuesto, la cocaína y el bazuco. Recuerdo en especial a Memo, uno de los pepos del barrio. Era un moreno de pelo churco, silencioso, con ínfulas de pintor, que solo vivía para Led Zeppelin, Kiss y Black Sabbath. Lo mataron en un “lío con jíbaros”, me cuenta uno de sus compañeros de la época. Muchos otros, además de Memo, empezaron a consumir droga sin límite y, de allí, el paso a una vida fronteriza con el crimen fue cuestión de tiempo.
Le pregunto a Mónica Builes por la muerte de su hermano, uno de los muchachos que más recuerdo de mi barrio. Era taciturno, jugaba solitario con las cartas todo el tiempo, siempre tenía los pantalones un poco a punto de caerse y muy pronto abandonó nuestra gallada. Se perdía por temporadas. Luego consiguió una moto, un lujo que en esa época pocos podían ostentar, así como ciertos objetos de lujo que él mismo escondía en la casa de sus amigos para que su mamá no sospechara de sus pasos. Dado que no le gustaba estudiar y se perfilaba como un gran vago, empezó a trabajar con un conocido mafioso de la ciudad.
La carrera por el dinero y la droga de Pocho, como le decíamos, no tuvo fin. En una ocasión que estaba drogado, le contó a una de sus mejores amigas cómo había torturado a un hombre colgándolo de un puente por los pies. Era parte del cobro de cuentas en el que andaba metido. Puedo imaginar su propia depresión, hundiéndose en ese mundo de maldad. En 1999 murió de siete tiros en la cabeza. Ocurrió en la casa de Iván Bueno, donde se negociaba la droga de casi todo el sector y que, evidentemente, no era tan bueno. Sin que sorprenda, dos de sus amigos inseparables, Checho y Chicho, también terminarían muertos. Checho era un hombre buenmozo, alto y aparentemente muy ingenuo, que era una especie de amanuense de Pocho. Murió pocos años después, brutalmente torturado. Al parecer se involucró en un secuestro. Chicho, un hombre corpulento y quizá de los más atractivos de nuestra gallada, se convirtió en uno de los tantos desaparecidos de la ciudad. Se rumora que no pudo responder por alguna ‘mercancía’ y aquella es una falla que en la mafia se paga con la vida. Tavo, Flavio, Giovanny, Héctor son nombres y rostros que me vienen a la memoria y que están muertos, bajo la balas infames de la violencia paisa.
Obviamente la mayoría de los muchachos del barrio han tenido una vida que bien podemos llamar normal, de trabajo y familia, con sus pequeñas mezquindades y dichas. Pero todos estábamos hechos de la misma madera, y suelo preguntarme qué hizo que un día cada uno tomara rumbos tan distintos.
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Invisibles
Vuelvo a San Javier para corroborar con mis ojos cómo el viejo barrio se convirtió en el centro de una de las comunas más violentas del país. La muerte, el desasosiego y la codicia parecen haberse apoderado de esas calles que nos vieron crecer. Ahora mismo, desde el balcón de Mónica, puedo ver un barrio en agonía, un mamarracho en el que los casinos, los billares y las compraventas asoman donde antes había casas con balcones coloridos y niños jugando en la calle.
“Esto cambió con el Metro”, se lamenta Jairo Ortiz, un antiguo habitante del barrio y líder comunal. En donde otrora estaba la cancha de fútbol, que era el alma del barrio, se construyó la estación terminal del Metro, la misma de la que hoy se desprende el Metro-Cable, que sube rozando los barrios más violentos de la ciudad, para aterrizar en Pajarito, una loma donde hoy se proyecta la expansión de Medellín. “A la comunidad la reunieron y le prometieron que construirían una cancha, pero no dijeron cuándo ni dónde”, dice Ortiz. Obviamente nunca la hicieron, y detrás del Metro llegaron el comercio, la extorsión, el crimen organizado.
El estigma de la violencia y la droga siempre lo llevaron los barrios altos. Las invasiones que se fueron comiendo los cerros donde antes elevábamos cometas, salíamos a caminar con fiambre o a rodar por las mangas en cartones. Hacia el 20 de Julio, las Independencias, El Salado, El Socorro y Juan XXIII esas invasiones crecían en medio del fango, la madera y los incendios. Los cortocircuitos eran frecuentes y ni los bomberos acudían al llamado cuando alguno de esos ranchos ardía, con niños que se morían adentro. Entonces, eran los vecinos los que sacaban las ollas llenas de agua y apagaban las llamas, y casi siempre al colegio llegaban los ecos de alguna rifa para enterrar a los muertos. Las lomas de San Javier se fueron expandiendo sin que nadie hiciera nada. Los gobiernos locales decían que no se podía invertir un peso en barrios ilegales y de alto riesgo. Y mientras en la década de los ochenta otros barrios se desangraban —la lejana comuna nororiental, o Moravia—, San Javier seguía siendo un lugar en el que todo pasaba de manera soterrada.
Hasta la Operación Orión. El 15 de octubre de 2002 se inauguraba la era de la seguridad democrática con una operación militar que buscaba desterrar a las milicias guerrilleras que desde años atrás se habían apoderado de esos barrios.
La Operación Orión fue una batalla urbana, con helicópteros y soldados dándose bala con los milicianos que, apostados en la parte alta de los barrios, se batieron a punta de fusil. Por supuesto que ganó el Ejército, aunque no sin ayuda de los paramilitares, según lo ha dicho ‘Don Berna’, quien para ese entonces era amo y señor de Medellín. Los paramilitares se quedaron en el barrio, y luego tomaron la forma de bandas criminales, y desde entonces no ha habido un solo día de paz. Aunque con las alcaldías de Sergio Fajardo y Alonso Salazar se han construido inmensos colegios y bibliotecas, y hasta escaleras eléctricas para que la gente suba a sus ranchos, la Comuna 13 sigue siendo indomable. Allí se arruman toda la injusticia social, toda la segregación, todo el resentimiento y todas las guerras.
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Nuevos colonizadores
La biblioteca José Luis Arroyave es una de las megaobras que inauguró Fajardo, justo a la entrada de San Javier, frente a la que fue mi escuela de primaria. Lleva ese nombre en honor a un sacerdote asesinado poco antes de la Operación Orión. Desde la portentosa edificación pueden verse con nitidez los barrios que ahora están en disputa, La Divisa y La Quiebra, donde se asientan con más fuerza las bandas que hoy controlan la comuna y que responden a ‘Sebastián’, uno de esos fantasmagóricos jefes del narcotráfico y la extorsión en la ciudad, que heredó de sus antiguos jefes de las AUC una industria rentable y, al parecer, invencible: la del crimen. En todo el centro de La Divisa, un enorme Cristo mira cabizbajo hacia la hondonada. “Un Cristo con cara de maldad”, dice la canción de rap de Skalones, un grupo de música local.
Al frente, en el otro cerro, está el barrio El Socorro, controlado por una banda con un nombre muy apropiado: La Agonía, la que, según se dice, pertenece a ese otro fantasma llamado ‘Valenciano’. En una frenética competencia por la extorsión —cada bus y cada negocio pagan en promedio 10.000 pesos semanales— el control territorial se ha convertido en la razón de ser de estas bandas. Las fronteras son invisibles pero todos saben que no se pueden franquear. Las calles tienen dueños, y quienes transgreden ese orden arbitrario son asesinados o desterrados. Pasa todos los días. No en vano la Comuna 13 tiene una tasa de muertes tres veces más alta que la de todo Medellín: 243 por cada 100.000 habitantes.
También es el barrio de Medellín donde hay más policías —800— que se pasean en sus ‘parcas’ o camionetas. También hay Ejército paseándose por las calles. En algunos de los barrios, como El Salado y La Divisa, buses contratados por la Alcaldía tienen que llevar a los muchachos hasta las puertas del colegio, pues no pueden transgredir las fronteras trazadas por las bandas y no hay institución educativa que no esté fuertemente custodiada por guardias privados. Aún así ha habido dos asonadas en las que los pobladores toman partido por las bandas en contra de la Policía y de las autoridades. Algo que solo se puede entender mirando hacia atrás, hacia el pasado de indolencia y olvido.
Desde la biblioteca veo un paisaje urbano desolador. Cuatro ciudades que se superponen en disputa. La antigua, de las casas solariegas de San Javier; la pobre, que ha crecido sin parar en estos años; la de los urbanizadores, que han levantado al lado de los tugurios urbanizaciones verticales que han quedado ancladas en medio de una promesa incumplida de ciudad; y la faraónica de las megaobras, bibliotecas y colegios, que parecen estar fundando sobre las ruinas del pasado una nueva Comuna 13. Todas estas ciudades se disputan, se apabullan unas a otras, se ignoran y se violentan. Es una colonización urbana.
En el Parque de San Javier encuentro a un grupo de jóvenes haciendo barritas. Son de El Socorro y dicen que vienen aquí buscando la sombra de los árboles. Uno de ellos me cuenta que a sus 29 años nunca ha trabajado. Está harto de la cantaleta de sus padres y piensa que tendrá por fin que ingresar a La Agonía. Cobrar extorsión o matar a alguien. Todos en San Javier le pagan a La Agonía una vacuna, desde el vendedor de periódicos hasta los buses. “Antes nos cuidaban unos del 20 de Julio”, dice otro líder comunal. ‘Cuidar’ es un eufemismo con el que muchos han terminado llamando a los paramilitares que tuvieron dominio en este sector. Los paramilitares crearon eso que ahora los académicos llaman protección racket, un sistema de control donde el mismo que te ofrece seguridad es el que te extorsiona.
Otro de los muchachos del Parque cuenta que tuvo que salir de Juan XXIII porque estaba muy caliente. “Cuando voy allá ni siquiera tomo gaseosa en una tienda”. Tiene miedo. Más aun él, que ya fue detenido en una ocasión con 500 cartuchos para fusil. Me sorprende que no esté en la cárcel. “Me salvó que no tenía reseña”. ¿Provenían esas balas de la Cuarta Brigada?, le pregunto. “Más o menos”, me responde. Recuerdo entonces que hace dos años, a solo una cuadra del Parque, ocurrió una extraña masacre en la que murió un capitán del Ejército y otros militares. Era una oficina de militares en retiro que ya había alarmado a la gente del barrio. “Era una sede de reclutamiento de muchachos para las bandas”, me asegura un vecino.
Busco la que fue mi casa, al frente de la Iglesia de San Javier. Es una de las pocas que sobreviven a la fiebre de los negocios que trajo el Metro. Una fiebre que casi arrasa con el templo, donde han puesto prácticamente un centro comercial en todo el primer piso. En donde antes había árboles ahora hay locales de comida, y un salón de recepciones en el que se hacen fiestas, sin importar que en el segundo haya una sala de velación.
Toco a la puerta y sale una mujer que dice vivir allí desde hace 20 años. Dos rejas con candado custodian la vivienda porque hace pocos años los jíbaros se tomaron la calle. “A esto le decían El Cartuchito”, me cuenta. Los vendedores de droga escondían la mercancía entre las ramas de dos jóvenes laureles que hay en la acera. Hasta que un día vinieron los paramilitares y los mataron.
Otrora, la nuestra era una casa de puertas abiertas, donde medio San Javier pasaba a “motilarse”, pues mi mamá era la peluquera del barrio. Ahora, un puñado de flores encerradas en el antejardín le dan un aspecto de sobreviviente estremecedor.
Por la avenida principal del barrio se construye un amplio bulevar que unirá a San Javier con las Independencias, el 20 de Julio y El Salado, donde han construido una inmensa cancha, rodeada de colegios espectaculares, y una Casa de Justicia, donde hay más policías que jueces. Alberto Grisales, delegado de la alcaldía para la Comuna 13, me dice que todavía no hay resultados porque apenas están allí desde agosto, cuando el presidente Juan Manuel Santos y el ministro de Defensa la inauguraron con bombos y platillos. “Es primera vez que realmente el Estado viene a quedarse y a convivir con la gente de esta zona”, dice. Habrá que darles tiempo. Pero por ahora la Comuna 13, con sus 19 barrios y sus 150.000 habitantes, es la prueba reina del fracaso de una política de seguridad (la democrática) basada en el esfuerzo militar y precaria en lo social.
En mi periplo llego hasta la sede alterna del Eduardo Santos, uno de los muchos colegios de secundaria que ahora intentan retener a los muchachos en las aulas. Casualmente, el rector ha reunido a todos los estudiantes en el patio. Está preocupado porque este año se han inscrito 150 muchachos menos que el año pasado, y 200 de los inscritos no han llegado a clase. De un plumazo, el colegio podría estar perdiendo la tercera parte de los alumnos. El rector implora: “Si los padres se encierran por el miedo, las bandas van a quedar con el control de la calle, del barrio”. Todo por las fronteras invisibles. Y por el reclutamiento de niños.
Hablo con una mujer que ha tenido que mandar a su hijo de 14 años a vivir solo en una pieza, al otro lado de la ciudad, donde en lugar de estudiar se gana la vida sacando arena del río. “Si no lo saco de aquí me lo matan”, dice con angustia. A su otro hijo, de nueve años, lo obligaron hace poco a transportar un arma en su mochila de la escuela. Es lo que en el mundo del lumpen se llama usarlo como ‘carrito’. Ella no encontró más alternativa que dejar al niño encerrado con llave en su casa, mientras sale a trabajar. Ella, como otras, está desesperada por encontrar un internado donde mandar a sus hijos. Tocó las puertas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) en la Casa de Justicia, donde obtuvo dos cosas: una carta de remisión a la oficina central del ICBF, en la que le dieron un “sabio” consejo: que deje de trabajar y se dedique a cuidar a sus hijos.
En estos barrios se siente una guerra sin sentido y sin límites, protagonizada por niños. Testimonio de ella son los huecos en las paredes de la estación de Policía de El Salado, que ha sido hostigada por las bandas en varias ocasiones. Soldados armados de fusiles caminan por los callejones, y grafitis con llamados a la convivencia y la reconciliación adornan los sitios más visibles.
K. es un joven de 15 años a quien sus compañeros llaman ‘el Finadito’, aunque él parece ignorarlo. Le tienen ese mote porque ha sido amenazado muchas veces, y ha sufrido algunos atentados. No está en una banda, pero su hermano sí ingresó a una de ellas, después de que se salvó de un tiro que le dieron en la cabeza. Sobre su escritorio hay un periódico de colegio en el que se ven los cuatro estudiantes que han matado en los últimos dos años. Dos mujeres, dos hombres. El joven cuenta que el primer muerto lo vio en otra comuna de Medellín a sus tres años. “Lo arrodillaron y le metieron un tiro en la boca. Era un negro”. Desde entonces, dice que ha visto por lo menos diez más. Y ante la posibilidad de que él mismo pueda ser asesinado muestra una fría y desconcertante indiferencia. “La vida es una oportunidad, pero yo del barrio no me voy”, dice. El barrio lo es todo para él. Como lo ha sido para muchos a su edad.
Como lo fue para mí cuando salí de San Javier, a mis 17 años, pensando que mi vida se partía en dos. Que no había mundo más allá de sus fronteras.
Se ha pagado cara la indiferencia con esa ciudad que creció en la sombra, en los márgenes del progreso antioqueño. Mucha gente parece haberse acostumbrado a estar bajo la égida de uno u otro grupo armado. Otros resisten. Las bibliotecas están llenas de muchachos, y, como en casi todos los barrios populares de Medellín, hay cientos de organizaciones sociales. Además, la inversión social está llegando. Aún así, algo inexplicable se siente en el ambiente. Una cierta oscuridad en el alma colectiva. Una pérdida de esa inocencia que hacía de San Javier un lugar magnético y especial.
Tres décadas atrás ya estaban en estas calles los primeros signos de lo que se nos venía encima con el narcotráfico: la tremenda fascinación por el dinero fácil y la asombrosa devaluación de la vida. No supimos pararlo a tiempo. Quizás ahora es demasiado tarde.
Fotografías de Jesús Abad Colorado
Fuente: SoHo.com.co, 17 de marzo de 2011
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